Empezó como normalmente lo hacía. Ató en una cola alta su pelo rubio, prendió una vela, apagó la luz.
Primero los brazos repasando los tatuajes, el pecho, el seno izquierdo, seno derecho.
Ambos, masajeando, por fuera hacia el centro. Pequeño apretón en los pezones.
-Lo siento, te amo, perdoname. Gracias.
Repetía el mantra, mientras ofrecía con las manos todo el amor propio.
Cintura, cogollo morado, caderas, estrías.
Panza, ombligo hundido.
-Me siento hermosa, suave y curva.
Levantó y apoyo la pierna izquierda en el banquito rosa. Desde los pies hacia arriba, masajes humectantes y circulares. Estira la columna, las piernas y el alma entera.
Pierna derecha, repite. Flores. Florecer.
Respira.
Inhala, se estira, exhala.
-lista.
Cama rosa, sabanas blancas de algodón.
Tiene su juguete cerca, y un pañuelo hecho de seda.
Tomó la tela con las manos, cerró los ojos y a mi se entregó.
Primero los pechos, el estómago, los brazos. El cuello. Suave y cálido, casi como un murmullo.
Luego las piernas, abiertas, pasaron a ser el centro de atención. Y cuando a la entrepierna llegó, ya no tuvo más el control.
Tomo el pene de silicón. Lo encendió al mínimo. Abrió mis labios externos, encontró el punto mágico y apoyó.
Ritmo, calor, energía corriendo por todo el cuerpo.
Subió la intencidad, intento mantenerme quieta, los espasmos me sacuden, y roban de mí garganta suaves orgasmos.
- necesito más.
La humedad aumenta, el punto casi por alcanzar. Un grito. La espalda curva. Una cama nuevamente mojada.
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